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Sunday, March 02, 2008
 

Soy una muñeca, sí, como U. Z., la mujer carnicera de primaveras sombrías, una muñeca-juguete de uñas rojas trasnochadas, sin abundancia de citas odiosas y con el corazón tan roto reposando en la nevera, con aires de grandeza y con ganas de que me miren; una muñeca, sí, con cámara de hacer fotos de fugas contigo, yo, que creí tener algo que decir hasta que un día me rechazaron y al otro me aconsejaron dejar los haluros y consagrar mi tiempo a cualquier otra cosa –ella, comillas-mi amiga del alma-comillas-, ella que me advirtió de mis prácticas gratuitas y yo ya me enfadé del todo; yo que no sé alemán ni quiero saberlo, que le declaro la guerra a la gorda alemana ridícula, cuyo rostro absurdo me obsesiona y se cuela en mis sueños como un tubo retorcido, como Cleopatra, como mujer ridícula mil y unas veces engañada.

Soy una muñeca que piensa en hormigas y en tiempos mejores, en jugar a las manos desnudos, en dejarnos estar, con las lágrimas cayendo desde la oscuridad de mis gafas, en un coche azul, como todos, como el de ella, como tantos otros coches azules –pero como el mío ninguno-, con la Velvet sonando, con la Venus o la Heroína y yo llorando y tú sabiendo que te habías equivocado, que ya no me querías, que te habías cansado de jugar y que casi podías oler el coño de tu novia tan amada, tan amada.

Soy una muñeca, y mi padre se estremece, y mi madre cocina marisco y piña y gazpacho a pesar de odiar el tomate, y enseña latín y griego y montones de cosas y es seria y culta y a veces va al cine sola, y mi hermano es Baudelaire y se ve obligado a trabajar con jefes odiosos que le fastidian, él que debería poder dedicar su tiempo completo a la contemplación y a Virginia Woolf, a escribirme cartas y a conversar con Alma Mahler, a leer y a restaurar muebles antiguos, a acompañarme en fin de la mano hacia esa otra época de la que él y yo procedemos.